Peter Fechter agonizó por más de una hora en la franja de tierra que anticipaba al Muro de Berlín del lado oriental en 1962, en donde cayó luego de que la guardia fronteriza de la República Democrática Alemana le disparase cuando intentaba saltar la pared, cerca del cruce de Checkpoint Charlie.
Los berlineses occidentales que vivían en las cercanías o transitaban por el lugar vieron como Fechter de 18 años de edad se desangraba sin poder ayudarlo, pues los soldados estadounidenses que custodiaban el paso fronterizo impidieron cualquier intervención.
Fue la primera víctima mortal de la edificación levantada por el régimen comunista para evitar la huida de sus ciudadanos. El Muro de Berlín, parte de la historia universal como símbolo de la Guerra Fría, está lleno de historias personales como la de Fechter. En total 192 habitantes de la RDA murieron por intentar cruzarlo.
No todas las historias son trágicas. Entre el 13 de agosto de 1961 y el 9 de noviembre de 1989 hubo 5.000 personas que lograron atravesarlo y huir hacia la República Federal Alemana.
Para muchos otros la edificación formó parte de su paisaje por 28 años. Y también están quienes lo experimentaron como turistas, como el filósofo Antonio Sánchez García y el fotógrafo Jorge Andrés Castillo.
“Fue como entrar en un parque temático”
Jorge Andrés Castillo conoció Berlín en abril de 1989, cuando faltaban pocos meses para que el Muro que dividió a la ciudad por 28 años cayera y nadie imaginaba que eso sucedería.
El fotógrafo viajó desde Essen, ciudad donde estudió Diseño de la Comunicación de 1987 a 1992, porque el Servicio Alemán de Intercambio Académico lo invitó a un curso de cultura alemana para estudiantes extranjeros.
Luego de cumplir con la agenda, limitada a Berlín Occidental, decidió pasar al otro lado de la ciudad. Ninguno de los 250 alumnos de otros países invitados al curso quiso acompañarlo.
“El 19 de abril cruce a Berlín Oriental. Te exigían salir antes de medianoche. Era como entrar en un parque temático. Todo era lento, todo era gris, todo era distinto al lado occidental. Hice muchas fotografías”, relata.
Al final del día la oscuridad y la falta de señalización lo desorientaron. La luz de Berlín Occidental, que era como una valla publicitaria del sistema capitalista, le sirvió de guía. “Seguí el resplandor y como a las 11:30 pm encontré el cruce”.
Meses después volvió en una circunstancia distinta. Era diciembre de 1989 y presenció en directo la alegría que caracterizaba a Berlín durante los días posteriores a la caída del Muro.
“Era como un carnaval permanente. Un montón de gente caminaba por los alrededores del Muro. Ponían mandarrias y martillos para que cualquier persona pudiera golpearlo y contribuir a tumbar un pedazo”, afirma.
Las fotografías tomadas antes y después de la caída del Muro forman parte de la exposición que Castillo exhibe actualmente en Caracas (Fundación José Ángel Lamas) y Miami (ICL Studio).
“Uno tenía la impresión de estar encerrado”
Antonio Sánchez García llegó de Chile a Berlín Occidental en 1963, dos años después de la construcción del Muro, porque el Servicio Alemán de Intercambio Académico le otorgó una beca para estudiar Historia y Filosofía.
“Lo que más recuerdo es la sensación de insularidad. Uno tenía la impresión de estar encerrado en una isla en medio de un océano de totalitarismo”, dice el profesor de la Universidad Central de Venezuela.
Cuenta que a diferencia de los alemanes, que requerían visa para pasar de un lado a otro, los extranjeros podían hacerlo libremente, aunque eso suponía una revisión estricta del vehículo para descartar la presencia de personas u objetos de contrabando.
Para lo que sí necesitaban permiso era para viajar por carro de Berlín Occidental al resto de la República Federal Alemana, lo que implicaba cruzar el territorio de la República Democrática Alemana. “Se requería una visa de tránsito, que tenía un tiempo limitado”.
Sánchez García iba al lado oriental de la ciudad a menudo para presenciar los montajes del Berliner Ensemble, grupo teatral que dirigía la viuda de Bertolt Brecht y presentaba las obras del artista, y la Ópera Estatal. También para visitar el Museo de Pérgamo, que guarda tesoros de esa antigua ciudad griega, o comer gulash y otros platos típicos de Europa Oriental.
Recuerda que la comparación era inevitable. “Pasar de ese Berlín vital y extrovertido (Occidental) a la sombría, desierta, silenciosa, pobretona, aburrida, languideciente, gris y oscura capital de la nomenclatura germano-soviética demostraba, en rigor, la razón superior que llevara a construir el Muro”.
Publicado en El Nacional
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